MIMETISMO

By Andrea Rendón 1 mes ago2 Comments
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Supo que su color favorito era el rojo, y ella decidió desde ese día que de rojo vestiría su armario. Sacó los estampados y las flores  que tanto le gustaban porque sabía en base a la experiencia que cuando él la vea en ese nuevo vestido rojo, la miraría al fin por primera vez.

Y así fue.

Para ella, un instante glorioso. Para él, una sensación inefable. Quedó deslumbrado ante el espejismo; cambiar su forma de vestir fue una estrategia acertada pues el amor había llegado de nuevo a su regazo. A partir de ese momento se juró a sí misma mantenerlo feliz, ser juntos un solo cuerpo y una sola carne. Nunca más dejarlo ir.

Y así fue.

…Por un tiempo.

Cuentan los fisgones que un día se lo vio comiendo sólo un plato excéntrico; uno de sus favoritos… un deleite total de sensaciones a su paladar y a su circunstancia; se lo contaron y ella, sin duda aprendió a preparar ese platillo. Se convirtió en una experta a la vez que se obligaba a si misma a disfrutar de la misma manera aquel plato desconocido.

Él, vacilaba entre la tierra y la fantasía. Ella lanzaba hilos de colores que inventaba para él… pero a él solo le gustaba el rojo.

Se conformó.

Hilos rojos que fabricaba con un solo afán. Sabía en base a la experiencia que de esa forma él se quedaría a su lado. Incluso juró, que no era tan humano… era más un Dios. Todo lo mejor que la vida podía ofrecer estaba ahí, con él.

Entonces ella se olvidó.

Yo estuve ahí atenta a los hechos. Me enamoré de la historia y también me enamoré de él.

La vi perderse, adaptarse a cada gusto y desventura, ofrecer su mimetismo a cambio de una caricia…

La vi llorar y quise llorar con ella. Pero me enamoré de él y quería que me amara.

Nunca lo dije. O talvez si… pero no me escuchó.

Y el cuento de hadas se desvanecía con cada una de sus lágrimas. Él la dejó tantas veces, pero nunca la liberó. Ella no quería ser liberada.

Yo esperaba mi momento para entrar.

Espectadora y protagonista, pensé que desde afuera lo podría contener; hablo del sentimiento, de mi verdad. Y lo quería, pero siempre supe que no hay amor si no lo puedes tocar; y no hablo de la piel.

Quise irme tantas veces. Yo tampoco quería soltar. Pero la vi llorar, la vi llorar tanto que sobrepasó lo absurdo y no… no valía la pena desbaratarse, liarse, perderse de esa manera.

¿Viste que la plastilina si se mezcla muchas veces, por más colores que tenga se vuelve gris?

Ella ahora era gris. Talvez siempre lo fue.. y él seguía amando el rojo.

Yo era el arcoiris.

No dejaría ese espectro visible a cambio de su nombre. Quería que me amara, pero yo amaba el sol y la lluvia, las nubes y el reflejo de mis colores en el cielo.

Quería que me amara, pero no me amaba.

 

Y no, no era un Dios.

 

Ni ella fue real.

 

Ni yo fui de él.

 

Entonces tambíen dejé de fisgonear. No se puede controlar aquello que no tiene certeza.

Salí sin lágrimas que pensen en mi conciencia. Y con un bolso lleno de colores. Mis colores.

 

Nunca más los volví a ver.

 

 

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  Historias
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